sábado, 27 de junio de 2026

El sacrificio materialista.

 

Sexagésima Inauguración Presidencial, 20 de enero de 2025, fotografía de Julia Demaree Nikhinson para Associated Press. De izquierda a derecha: Mark Zuckerberg, Jeff Bezos y esposa, Sundar Pichai e Elon Musk.


 El sacrificio es un "shock" que se graba en la memoria colectiva. Se crea un trance traumático, una fractura, que nos hace sugestionables para asimilar un axioma y un estado de cosas, tradicional o nuevo. La comunidad cree en la culpabilidad de la víctima. Se sacrifica también por "economía del exceso", para devolver lo que nos sobra y purgar el pecado de tener más de lo debido o de lo que se merece. A través de la culpa y del trance del "shock" se establece el orden. Es evidente que quienes imponen el orden se creen superiores, imbuidos de un poder superior y se sitúan por encima de la culpa. El mal sacerdote renuncia a todo para poseerlo todo. En el caso de personas como un oligarca tecnológico (o tecnoligarca), estos son cínicos, no son creyentes más que de sí mismos. Lo quieren poseer todo: te quieren poseer a ti, a través de la magia vinculorum del clustering (desprovista de toda metafísica) y por el reconocimiento biométrico.

 Nadie merece ser tan rico como Peter Thiel o como Larry Ellison, ni siquiera ellos mismos, pero la prosperidad, el bienestar y darse lujos, que el propio buen gusto favorece, no es motivo para sentirse culpable por tener más, según una mediocridad mezquina, de baja cota; ser rico no te convierte en oligarca. Pero el orden capitalista crea una mediocridad de baja cota y usa al pobre como chivo expiatorio: nadie trabaja lo suficiente como para hacerse rico. Pero hay que entender que el comercio, la buena gestión del trabajo y el buen uso del dinero no son necesariamente capitalismo, entendiendo el capitalismo como la ideología que antepone el dinero y el orden oligárquico por encima de todo. Una cosa es ser rico y otra ser un oligarca, como se puede ser pobre y no ser un tipejo mediocre que exija sacrificios ni asuma culpas que no le corresponden. La mediocridad de una sociedad define la talla cultural que tiene. Uno de los rasgos que tiene el capitalismo es el mal gusto, porque crear belleza y dársela a los demás es un sacrificio generoso. Ser puede ser rico y ser generoso, o se puede ser rico y tener a todo el mundo atrapado en una red social automatizada, propiedad de oligarcas, en la cual la estética cae en bucles de involución, y quien se siente culpable cae en una conducta de ociosidad (culpable) enfermiza: en cada post pide sacrificios o se inmola en ese templo virtual de una religión impía, la red social, cuyo fin no es alcanzar la trascendencia sino darle dinero y poder a un oligarca a través de la entrega de nuestra propia energía vital, nuestros pensamientos o de nuestro dinero. Nuestra vida y nuestros sentimientos se monetizan, y además tenemos miles de “opciones”, por un precio pecuniario cada una.

 Quien haya presenciado una matanza de un cerdo o haya practicado sexo entiende que quien está vivo se enfrenta al trauma a diario, y esto se hace ritual con diversos fines, según la cultura. Pero en la cultura capitalista el sacrifico no es tan evidente, y es corporal, porque el cerebro es parte del cuerpo, es un sacrificio lento. Y en esta cultura cada paso te lleva al cadalso en el que serás víctima o chachalmeca. Y nuestra cultura es capitalista, basada en la posesión material, la culpa de los idiotas e idolatrar a los oligarcas como nuevos dioses en la Tierra.

 La exploración filosófica, artística o mística genuinas, alejadas de la corriente impuesta por la oligarquía, son siempre las únicas maneras de establecer un nuevo orden más justo y más bello -y próspero, por qué no-. Pero no es un camino fácil. A lo largo de la historia, quienes han desafiado al orden de esta manera no han logrado fama y fortuna en vida, si acaso gloria después después de morir, de manera horrible algunos de ellos. Y la tecnología puede usarse con este fin de alcanzar lo verdaderamente superior, por qué no. Yo estoy usando la tecnología para escribir y difundir esta modesta pieza que acabo de escribir. Al hacerlo con con medios gratuitos, con un procesador de texto de código abierto, con un blog gratuito, en repositorios gratuitos, no tengo el mismo alcance que tendría si pagara al oligarca correspondiente, pero mi mensaje en la botella ya ha sido lanzado al océano de bits que es Internet.



Ernesto García-Testón Gómez a 28 de junio de 2026.





Ernesto García-Testón Gómez 2026.

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